1960 - 1970 

Crónica del puerto: entre el esfuerzo y la precariedad

 

A comienzos de la década, las labores portuarias aún se realizaban mediante el uso de carros y caballos. Si bien existía algún carretón eléctrico destinado al transporte de mercancías, no fue hasta 1964 cuando comenzaron a introducirse las carretillas elevadoras, conocidas comúnmente como “toros”.

En aquel periodo, el número de trabajadores portuarios se situaba en torno a los 3.500, debido a que la mayor parte de las mercancías se transportaban a granel y su descarga se efectuaba de forma manual. La carencia de maquinaria adecuada provocaba que numerosos buques desviaran sus escalas hacia puertos franceses e italianos, donde el uso del palé permitía agilizar las operaciones, reduciendo tanto los tiempos como la necesidad de mano de obra.

El ámbito portuario se extendía desde el muelle del Reloj hasta el muelle de Sant Beltrán, mientras que el muelle de Poniente se encontraba entonces en fase de construcción y asfaltado.

Las tareas de descarga se llevaban a cabo con medios altamente rudimentarios: cables y eslingas en mal estado, así como grúas y puntales pertenecientes a los propios buques, carentes de mantenimiento adecuado. En las operaciones de descarga de carbón, al  sacar  la cuchara de la bodega, el ambiente quedaba envuelto en una densa  nube negra, mientras los trabajadores, sin equipos de protección —sin mascarillas, guantes ni calzado adecuado—, trataban de mitigar la inhalación cubriéndose con pañuelos. Posteriormente, agrupaban el material con palas para facilitar la siguiente izada. En este contexto, la siniestralidad laboral y la mortalidad constituían una constante.

La retribución se negociaba diariamente, ya fuera a destajo o mediante jornal, en un proceso caracterizado por la incertidumbre y la desigualdad:
—Acuda al encargado y solicite 500 pesetas; previsiblemente él ofrecerá 200, y finalmente se acordará una cantidad intermedia, en torno a las 300.

Las relaciones con la patronal resultaban especialmente tensas. En la OTP ejercía como secretario un tal Belarde, cuya actitud reflejaba con claridad el clima de la época. Era preceptivo dirigirse a él de Usted, y, según testimonios, al recibir a los trabajadores colocaba ostensiblemente un pistola sobre la mesa, acompañando este gesto de advertencias explícitas sobre las consecuencias de cualquier reclamación. Las demandas relativas a la seguridad o a las condiciones laborales eran desestimadas con amenazas de despido inmediato.

Por entonces, el proceso de contratación tenía lugar en unos antiguos almacenes situados en el muelle de España, emplazamiento donde actualmente se ubica el Maremágnum. En sus inmediaciones como no podía ser de otra manera se encontraba un bar donde, cada mañana, se congregaban numerosos aspirantes a obtener trabajo. Era habitual el consumo de bebidas alcohólicas —conocidas como “barrechas” o “farolillos”, combinaciones de cazalla con moscatel o menta— antes del inicio de la jornada, como forma de afrontar tanto las inclemencias del tiempo como la dureza del trabajo. No menos de 3 antes de comenzar la jornada.

Los trabajadores, independientemente de su complexión física, presentaban manos marcadas por el esfuerzo continuo. Las disputas entre compañeros eran frecuentes, en un entorno de elevada tensión y competencia. Cada operario portaba sus herramientas de trabajo, y no era extraño que se produjeran enfrentamientos. Asimismo, se competía por demostrar la fuerza física, como evidenciaba el arrastre de sacos de entre 60 y 80 kilogramos.

Con la introducción progresiva de maquinaria y del sistema de paletización, se implantó también un registro de rendimientos conocido coloquialmente como el “libro rojo de Mao”, en el que se establecían los niveles de productividad exigidos en función del tipo y valor de la mercancía. Si bien este sistema aportaba cierta organización, en la práctica generaba desigualdades, ya que los mayores ingresos quedaban vinculados al uso de la nueva maquinaria, mientras que una parte significativa de las mercancías continuaba descargándose manualmente, lo que mantenía bajos los salarios.

La práctica de la contratación discrecional se prolongó prácticamente hasta el año 1968, coincidiendo con la llegada de un nuevo secretario a la patronal OEPB, Martínez Nieto.